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La mente adolescente, según Cometa (I)

En esta serie de artículos, que hoy iniciamos, expondremos información útil para el desarrollo de métodos de comunicación adaptados al entendimiento entre personas adultas y personas adolescentes.

En Cometa, consideramos que un conocimiento básico de cómo funciona el cerebro (tanto por parte del adulto, como por parte del adolescente) conduce a un terreno común que genera la posibilidad de una comunicación eficaz y saludable.

Vamos en este caso a apoyarnos principalmente en el conocimiento científico contrastado que nos aportan Daniel J. Siegel (Profesor de Psiquiatría de la Universidad de California) en su obra “Tormenta Cerebral” (Alba Editorial, 2014) y Tomás Ortiz (Catedrático de Psicología médica y director del Departamento de Psiquiatría y Psicología médica de la Universidad Autónoma de Madrid) en su obra “Neurociencia y Educación” (Alianza Editorial, 2009).

Empezaremos por establecer las edades durante las cuales se desarrolla la etapa adolescente, según un amplio consenso entre los profesionales estudiosos del tema.

cometa gestionComienza esta etapa crucial de nuestras vidas con una fase inicial que podemos denominar pubertad, que en las niñas empieza sobre los 10 años y en los niños sobre los 12. Teniendo su punto álgido, comienzo de la adolescencia pura y dura, a los 12-13 años en las niñas y sobre los 14-15 en los niños. Es decir, durante la etapa escolar de la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO).

Extendiéndose la fase adolescente (en la actual etapa evolutiva del ser humano) hasta los 24 años. Pudiéndose distinguir dos fases principales, la adolescencia menor, hasta los 18 años, y la adolescencia adulta, hasta los 24 años. Si bien hay partes del cerebro, como el córtex prefrontal (implicado en los procesos cognitivos más complejos) que, según algunos investigadores, no termina de desarrollarse hasta los 30 años.

Pues bien, las personas llegamos a esta fase evolutiva con un cuerpo en plena construcción; dispuesto a una inevitable transformación profunda y total (con todo lo que esto conlleva).

El cerebro del adolescente es un maremágnum de conexiones neuronales en número incalculable, muchas más que las existentes en un cerebro adulto. Estas conexiones son el fruto de las experiencias que la persona ha ido acumulando desde su concepción, especialmente durante el comienzo del desarrollo de su cerebro.

Este desmesurado número de conexiones (que son como almacenes de información) produce sentimientos, pensamientos y conductas propios de la adolescencia, caracterizados principalmente por una importante confusión mental que aderezada con unas emociones desbordadas en cuanto a intensidad producen una particular y especial conducta.

Una vez la persona llega a esta etapa de su evolución, se hace necesaria lo que se denomina “poda neuronal”, ya que tan alta cantidad de conexiones neuronales es imposible que sea gestionada funcionalmente por un cerebro adulto. De manera que se produce la eliminación de unas conexiones y la conservación de otras, sobre la base de su posible utilidad. Discriminación esta que se ejecuta en relación a la experiencia vital, a la interacción con el entorno. Condicionando absolutamente quien será cada persona durante el resto de su vida.

Teniendo en cuenta lo explicado es fácil deducir que la manera de pensar de los adolescentes es muy distinta de la de los adultos. Pueden ser mucho más creativos, pueden ser también mucho más caóticos y proclives a conflictos, tanto personales como interpersonales. Pero sobre todo pueden ser personas muy muy especiales, maravillosas, con mucho que aportar. Aunque difíciles de tratar.

En relación a lo cual damos las siguientes pautas para una mejor relación:

  • Tener en cuenta es que todos los seres humanos necesitamos, reconocimiento, aceptación, afecto y acompañamiento. Más aún cuando eres adolescente y estás muy confuso.
  • El cerebro adolescente está diseñado evolutivamente para la trasgresión de límites y sistemas, para la ruptura con lo establecido, para la experimentación constante. Actitudes estas peligrosas y complicadas pero imprescindibles para la evolución y supervivencia de la especie humana.

Por lo tanto, debemos respetar estas conductas y no cercenarlas más allá del establecimiento de las oportunas normas sociales y de la facilitación de espacios de experimentación lo más seguros posibles, tanto para los adolescentes como para el resto de las personas.

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